La codicia es la única enfermedad en la que los síntomas los padece una sola persona y las secuelas toda una sociedad 

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Grandes Hermanos (I)

Desde la primera emisión del programa de televisión Gran Hermano en España, el 23 de abril del 2.000, quedó al descubierto y se hizo tangible una realidad que se ocultaba tras creencias y conspiranoias de distinto calibre. El Gran Hermano se hacía realidad y tomaba contacto con el Gran Público que no podía ver otra cosa de interés en ese formato televisivo que su propio reflejo. Un grupo de humanos que se recluyen voluntariamente en una casa, para convivir durante un tiempo determinado y bajo unas condiciones de dificultad o escasez determinadas. El Gran Público tenía la oportunidad de verse a sí mismo encerrado voluntariamente en una casa con un grupo de desconocidos, y al finalizar cada emisión se oirían suspiros y comentarios para uno mismo del tipo, menos mal que yo no estoy ahí metido. Nada más lejos,

Gran Público, nada más lejos. Es una especie de experimento social en el que quien se cree observador de semejantes enjaulados, es a su vez observado con detenimiento interesado por los promotores de la idea.

Desde entonces se han sucedido diversos pero no diferentes experimentos sociales, en los que un número variable de humanos (reflejo del Gran Público), se deja encerrar voluntariamente en igual variedad de celdas, para ser sometidos a análisis y votación popular por ese Gran Público al que representan. El espectador analiza y juzga un comportamiento que muchas veces olvida que está desnaturalizado, tergiversado por la presencia constante del Gran Ojo. Pero eso da igual, mientras el Gran Público observa, el Gran Público es observado por el Gran Hermano.

Lamentablemente el experimento ha sido vendido con éxito durante años a una población, a un Gran Público, que lo acepta sin rechistar, como aletargado. Además de hacerle vivir al público la ilusión de que de él, en tanto que pueblo, emana algún tipo de poder, aunque éste quede reducido a poder mirar por el agujero de la cerradura, o nominar a un concursante por ser un mal ejemplo para la sociedad; quienes promueven este invento obtienen de su público una valiosísima información acerca de sus gustos, tendencias, ideales, pretensiones, deseos y pasiones. Es decir, obtienen sin costes significativos, o más bien al contrario, con beneficios contantes y constantes, una información sensible de la que sacan provecho ulterior directo o indirecto.

Pero si usted no se cuenta entre los sujetos de laboratorio sometidos a este tipo de experimentos sociológicos, quizá sí se encuentre entre los millones de personas en todo el mundo que, sin darse cuenta, venden esa misma información sensible sobre sí mismos a otros entes que también sacan provecho de ella, a cambio de nada. La única diferencia es que usted tiene la ilusión de estar ejerciendo un derecho, cuando en realidad está donando gratuitamente información sobre usted mismo. Si usted tiene una cuenta en una red social, ya habrá caído en la red. Toda la información relativa a usted se convierte en una mercancía que genera beneficios a alguien que no es usted. A usted lo están parcelando y vendiendo al mejor postor, con su consentimiento pero sin su conocimiento, en esto consiste el derecho que usted cree estar ejerciendo.

Por lo tanto, no deberá suponer una sorpresa para usted, que en su buzón (real o virtual) aparezca casualmente la información de las mejores ofertas de los productos o servicios que usted demanda o consume o desearía consumir habitualmente.

Y si aún no ha caído usted en ninguna red social, tampoco se haga muchas ilusiones, simplemente teclear en la barra de búsqueda de Google dice más de usted de lo que se imagina y, desde luego, mucho más de lo que desearía que otros supieran de usted.

Por supuesto que tiene usted derecho a proporcionar información personal a terceros, pero una vez que lo haga será un poco menos dueño de esa información y, por lo tanto, de sí mismo. Tan solo pregúntese, ¿qué hacen con mi información y qué beneficio les reporta? y ¿qué recibo yo a cambio?

Puede que solo sea una impresión mía, pero me domina la sensación de que la sala de observación en la que todos nos encontramos es tan grande que nadie conoce sus límites.

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